CUANDO ORMUZ Y CAMISEA COLISIONARON EN EL BOLSILLO DEL PERUANO































El 5 de marzo de 2026 quedará marcado en los libros de historia económica como el día en que el Perú se vio atrapado entre dos fuegos: uno literal, en las profundidades de la selva del Cusco, y otro geopolítico, en las aguas del Estrecho de Ormuz. Lo que hoy vivimos no es solo una coincidencia desafortunada; es el recordatorio brutal de que nuestra seguridad energética es un castillo de naipes.

La Geopolítica del Caos: Ormuz se Cierra
Mientras usted lee esto, el 20% del petróleo del mundo está estancado. El Estrecho de Ormuz, el "yugular" energético del planeta, ha dejado de ser un corredor seguro debido al conflicto abierto entre Irán y la alianza liderada por Estados Unidos e Israel. Las cifras son escalofriantes: el tráfico de crudo ha caído un 80% y las aseguradoras han cancelado coberturas.

Para el Perú, esto no es un problema "lejano". El petróleo Brent ya superó los $85 y el WTI —nuestra referencia— vuela por encima de los $79. En un país que aún depende de la importación de combustibles líquidos para su transporte pesado y gran parte de su flota vehicular, cada misil en el Golfo Pérsico se traduce, casi de inmediato, en dos soles más por galón de gasolina en el grifo de la esquina.

El Colapso Interno: El Drama de Camisea
Como si el pánico global no fuera suficiente, nuestra propia arteria vital se ha roto. La deflagración en el ducto de TGP en Megantoni ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de nuestro modelo de "ducto único". Es inaudito que, tras dos décadas de operación, el Perú no cuente con un anillo energético de respaldo.

Hoy, el Ministro de Energía califica esta crisis como la más grave en 20 años. Y tiene razón. Alrededor de 1,000 industrias están paralizadas o perdiendo materia prima en procesos continuos que no pueden detenerse. Sectores como el químico, textil y cementero están pagando el precio de una falta de planificación estratégica que hoy nos obliga a quemar diésel caro para generar electricidad, elevando los costos para las empresas y, eventualmente, para todos nosotros.

El Ciudadano: El Blanco de la "Tormenta Perfecta"
El impacto en la calle es ya una realidad dolorosa. El sol se deprecia y cruza la barrera de los S/ 3.45 mientras los inversores huyen hacia el dólar como refugio. Esto significa que todo lo que importamos —desde trigo hasta tecnología— será más caro.

Pero lo más preocupante es el riesgo humano. Ante la escasez de GNV, hemos visto escenas dantescas de autos incendiándose en Lima por el uso improvisado de GLP. Los taxistas, que han visto sus costos duplicarse, enfrentan un dilema imposible: subir tarifas en un mercado que no puede pagar o dejar de trabajar. Con una inflación de marzo que amenaza con superar el 1%, el presupuesto de ocho millones de hogares que dependen del gas doméstico está bajo asedio.

Opinión: Lecciones no Aprendidas
¿Cómo llegamos aquí? La crisis de Ormuz era un riesgo latente, pero la fragilidad de Camisea es una responsabilidad compartida entre gobiernos sucesivos y la falta de incentivos para una verdadera redundancia en infraestructura.

La respuesta del Gobierno —suspender obligaciones ambientales para facilitar la quema de combustibles sustitutos— es un parche necesario pero peligroso. No podemos permitir que la emergencia se convierta en la excusa para el retroceso en estándares de salud y medio ambiente.

El Perú necesita, hoy más que nunca, dejar de mirar solo el corto plazo. La construcción de una segunda vía de transporte de gas, el fortalecimiento financiero de Petroperú para que actúe como un verdadero amortiguador de precios y la diversificación de rutas comerciales son tareas que no pueden esperar a la próxima guerra o al próximo tubo roto.

Hoy pagamos el precio de la complacencia. Que esta "tormenta perfecta" sea, al menos, el rayo que nos obligue a despertar.



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